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¿Qué hora es, Vila-Matas?

Actualizado: 11 jul

«Y puede, además, que sea verdad que hay focos de espacio y tiempo conectados entre sí, focos entre los que podemos viajar los denominados vivos y los denominados muertos y de ese modo encontrarnos.»


Esta cita de la novela Dublinesca nos sitúa frente a una de las grandes obsesiones de la narrativa de Enrique Vila-Matas; el concepto tiempo. O mejor aún; el espacio-tiempo. Una preocupación que recorre la historia del arte, la historia de la literatura y la historia de la ciencia, y cuyo tratamiento por parte del autor barcelonés ha sido interpretado por algunos críticos como una forma de repetirse, de insistir en un tópico, o incluso una manera de escribir siempre la misma obra.


Sin embargo, la escritura procedente de la multiplicidad y la repetición presente en la narrativa de Vila-Matas representa el caos del mundo o, al menos, el caos que supone entender sus mecanismos internos. Dicho de otro modo: aborda la metafísica, lo infinito. Y, puesto que el infinito se escapa a nuestro entendimiento, la literatura vilamatiana construye mundos finitos para plantear este dilema; un juego de contradicciones y antagonismos que conduce en última instancia a la nada, a la negación de la escritura, a los Bartlebys (Bartleby y compañía) que renuncian a la creación, al dolce far niente de Oblómov (Aire de Dylan) o a la novela inacabada de Mac (Mac y su contratiempo). Y quizá suponga el punto de partida —y de llegada— de todo el universo literario.


De hecho, como apunta Anna María Iglesia, autora de Ese famoso abismo: conversaciones con Vila-Matas, en una entrevista, Vila Matas piensa «no voy a explicar el mundo, voy a interrogarlo». El resultado de semejante reflexión es una narrativa, a caballo entre la ficción y la no-ficción, que no solo es interrogativa en la búsqueda de hallazgos, sino también como experiencia lectora; un tipo de libro que lleva al lector a interrogarse a sí mismo continuamente.


La literatura de Enrique Vila-Matas nos recuerda pues que no hay eternidad para la carne, pero sí para el recuerdo, pues este sigue viviendo los libros, en las reediciones, en las historias orales, y puede durar siglos o incluso milenios. Y ese espacio, eso que yo llamo la cuarta dimensión, representa un universo donde confluyen todas y cada una de las novelas, de las ficciones creadas por los hombres, de la imaginación individual y donde no existe el tiempo tal y como lo conocemos.


En la excelente exposición organizada por la Fundación Juan March sobre Bruno Munari encontré un panel informativo que establecía un puente invisible entre el polifacético artista italiano y el escritor barcelonés. El epígrafe elegido era Anular el tiempo y bajo él estaba escrito lo siguiente: «Existen varias formas de anular el tiempo, sobre todo en el campo de la física nuclear o la astronomía. Quienes se ocupan del diseño o del arte tienen modos más modestos para lograrlo, pero paradójica y potencialmente más duraderos.». Munari construía artefactos lúdicos, objetos aparentemente inservibles que sin embargo poseían un trasfondo filosófico, como relojes que dan la hora de forma atípica. A diferencia de otros artistas, sobre todo escultores como Jorge Oteiza o Richard Serra, que intervienen sobre el espacio y lo modifican sin alterar el tiempo, Munari aúna en sus obras, o intenta representar de forma simbólica, algo tan complejo como el flujo temporal. Munari es en definitiva como un niño jugando con el arte para construir mecanismos filosóficos de tradición duchampiana.


Duchamp, por su parte, encontró en el dadaísmo su nicho de libertad. El artista francés, que pasó por el impresionismo, el fauvismo, el cubismo y el futurismo, entendió finalmente que la pintura se estaba pudriendo en su propia historia, en la finitud de los ismos y en las innumerables reinterpretaciones, y decidió elevar a la categoría artística lo fugaz, lo cotidiano, lo industrial, lo superficial. Y consiguió con ello resignificar toda la historia del arte y su concepto para convertirlo en filosofía. Con Munari sucede algo similar, aunque de un modo más sofisticado; él no eleva objetos cotidianos manipulados a la categoría de obra de arte, sino que construye objetos y máquinas que son obras de arte.


Vila-Matas, que siempre ha tenido muy presente a autores como Duchamp en su obra, ha aplicado esta fórmula a la literatura, apropiándose de textos y citas de otros para resignificarlos, al comprender que la literatura que él quería hacer, la que le salía o podía abordar, no circulaba por los cauces tradicionales. En sus propias palabras. «Toda la historia de la literatura es modificar los textos ya escritos». Es decir, al igual que Munari o Duchamp, Vila-Matas utiliza en ocasiones más elementos de las artes plásticas (la mezcla, el collage, las múltiples perspectivas) que de la literatura (la lírica, los tropos) para construir una obra literaria que tiene más de obra que de literaria.


Recuerdo que una vez me encontré en Lisboa una persona vestida como Fernando Pessoa, tal vez no disfrazada, pero al menos emulando el estilo de los años treinta de Pessoa, con su bigote y sus gafas, su gabardina y su sombrero. Sin Vila-Matas y su literatura aquel hombre habría sido un hombre disfrazado de Pessoa, sin embargo, para mí aquel hombre era el mismísimo Pessoa, y que yo me lo encontrará en Lisboa tenía un sentido en aquel momento, puesto que yo había viajado a Lisboa siguiendo las huellas del autor portugués. Así que al encontrarlo tuve la impresión de que el círculo de la vida se cerraba, que había comprendido por fin el misterio del tiempo y el espacio, y su relatividad, gracias a la literatura, a los libros, a las librerías y a las bibliotecas, que, como diría Borges «otros llaman universo».